Una vez más, Abel Caballero ha optado por el enfrentamiento político con la Xunta de Galicia, cargando duramente contra el Proyecto de Interés Autonómico de Cantabria, Ramón Nieto y Santa Cristina. Y, una vez más, lo hace con un discurso grandilocuente, victimista y plagado de acusaciones, pero evitando asumir una realidad incómoda: muchos de los problemas urbanísticos que hoy denuncia son consecuencia directa de su propia gestión tras más de veinte años al frente del Concello de Vigo.
Resulta llamativo escuchar ahora al alcalde hablar de déficit dotacional, falta de zonas verdes, carencias en movilidad o ausencia de equipamientos públicos, cuando durante dos décadas su gobierno municipal fue incapaz de desarrollar un planeamiento urbano eficaz y estable. El PXOM cayó, el nuevo planeamiento llega tarde y Vigo sigue arrastrando enormes déficits estructurales en barrios enteros.
Caballero denuncia que la Xunta pretende crear “islas” urbanas y “espacios marginales”. Pero conviene preguntarse: ¿quién gobernó Vigo mientras se consolidaban precisamente esos desequilibrios? ¿Quién permitió que numerosas zonas de la ciudad siguieran sin servicios adecuados, sin accesos modernos y sin planificación coherente? Señalar ahora a la Xunta como única responsable no solo es injusto; también resulta profundamente oportunista.
Más aún cuando la Xunta ha sido, en numerosas ocasiones, una de las administraciones que más ha contribuido a desbloquear proyectos estratégicos para Vigo, especialmente en momentos en los que el Concello carecía de capacidad de respuesta o de financiación suficiente. Criticar sistemáticamente cualquier iniciativa autonómica, incluso aquellas que pueden suponer una oportunidad de desarrollo, parece responder más a una estrategia política que a una preocupación real por la ciudad.
El problema de fondo no es que Caballero exija mejoras —algo legítimo y necesario en cualquier gran proyecto urbanístico—, sino el tono y la forma con la que lo hace: confrontación permanente, titulares grandilocuentes y ataques constantes a cualquier administración que no controle políticamente. Cada proyecto se convierte en un nuevo campo de batalla mediático.
La ironía es evidente. El mismo alcalde que hoy exige planificación moderna, movilidad mecánica, grandes zonas verdes y dotaciones ambiciosas es el que ha gobernado Vigo durante veinte años sin resolver de manera estructural buena parte de esas necesidades. Cuesta aceptar lecciones de urbanismo de quien llega tarde a casi todos los debates de ciudad.
Vigo necesita debate técnico, planificación seria y cooperación institucional. Necesita menos propaganda y más gestión. Menos titulares y más resultados.
Porque al final, el verdadero problema no es que Caballero critique a la Xunta. El problema es que vuelve a hacerlo sin autocrítica alguna, como si veinte años de gobierno no tuviesen consecuencias.
Y esa quizá sea la mayor carencia de su mandato: la incapacidad de asumir responsabilidades propias mientras siempre busca culpables fuera.
