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Intervención del presidente de la Xunta en la Ofrenda Nacional al Santo Apóstol de Santiago

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Apóstol Santiago, Patrón de España y de Galicia;

Para un pueblo, como el nuestro, orgulloso de sus tradiciones y de su historia, esta Ofrenda Nacional al Apóstol Santiago demuestra que el discurrir de los siglos es compatible con la pervivencia de ritos y manifestaciones que están firmemente enraizados en nuestra cultura, en nuestra forma de ser y también en nuestra fe.

Agradezco a Su Majestad el Rey Felipe VI la encomienda de representarle en esta ceremonia, un honor que asumo con responsabilidad y con orgullo como representante común del Estado en Galicia, siempre leal a la Constitución española y a las instituciones que de ella emanan y culminan en la Corona.

Para su Majestad el Rey y para la Familia Real invoco, Santo Apóstol, tu protección:

Para que continúe desempeñando con acierto y ejemplaridad las altas responsabilidades que le corresponden, especialmente en un momento, como el actual, en el que se necesitan -todos necesitamos- referentes de integridad personal e institucional.

La figura de Felipe VI inspira confianza y emana credibilidad, dentro y fuera de nuestras fronteras. Que así sea también en el futuro.

Desde finales del primer milenio un flujo incesante de peregrinos -cada vez más intenso, es cierto, en los últimos tiempos- se dirige a esta Catedral, desde los lugares más variados del planeta, vienen a venerar el sepulcro y la memoria del Apóstol Santiago.

En palabras del profesor Sánchez Albornoz, «millares de príncipes, caballeros, burgueses, juglares, sacerdotes, abandonaron sus hogares para recurrir miles de millas por caminos inseguros y difíciles, cruzaron montes y ríos, atravesaron tierras generosas y también tierras inhóspitas, sufrieron nieves, lluvias, soles, y se alojaron donde la ventura les procuraba albergue.

Cubiertos con los hábitos humildes del romero, padecieron dolores y fatigas para obtener el perdón de sus pecados, solicitar gracias o agradecer mercedes. Fervores religiosos les empujaban hacia Compostela. Y esas fuerzas anímicas dieron frutos  en la vida literaria y artística, en la organización política- social y ahsta en la economía de Galicia, de España y de todo el Occidente».

Décadas después de ser formulada, la esencia de esta reflexión se mantiene intacta, y pone de manifiesto el carácter imperecedero del fenómeno  jacobeo.

A pesar de que no siempre se reconozca expresamente, la Europa plural y tolerante de nuestros días, que es pionera en la defensa de los derechos humanos, es heredera de los valores cristianos, que son los mismos que desde sus comienzos inspiran el Camino de Santiago y las diferentes manifestaciones de la tradición *jacobea.

Con independencia de su origen, condición o razón última que anime a cada quien a emprender el Camino, todas y todos los peregrinos comparten –  ahora igual que siglos atrás- características y sentimientos.  Sentimientos como la determinación, la tolerancia, la fuerza de voluntad, la constancia o la busca de la  trascendencia. Todos son valores desde los que superar cualquier adversidad que dificulte alcanzar la meta.

El ejemplo de los peregrinos que emprenden el Camino de Santiago debería marcar nuestro rumbo a la hora también de enfrentar buena parte de los retos que cada uno tiene por delante:

Acierto y determinación para centrarnos en lo que de verdad importa, en las necesidades reales  de las  personas  a las que  servimos: Ofrecer servicios públicos de calidad, cultivar la cultura del esfuerzo y la cultura del respeto, ahondar en la riqueza histórica, cultural y lingüística de la que somos depositarios, superar la crisis de la vivienda, gestionar con éxito los desafíos derivados de la irrupción de la inteligencia artificial, desterrar para siempre jamás la lacra de la violencia -también y muy especialmente la de la violencia machista-, sustituir el insulto por el diálogo y las maneras de actuar que no son respetables por el respeto para quien piensa diferente.

Acierto, por supuesto, para edificar una sociedad con  más y mejores  oportunidades,  especialmente  para  la gente joven y para la infancia; una sociedad igualitaria, en la que prevalezcan el mérito, la capacidad y el esfuerzo; pero también,  por supuesto, una sociedad solidaria, siempre al lado de los mayores, de los enfermos, de las personas con discapacidad, de las que necesitan más ayuda.

Una sociedad de personas libres e iguales, en la que, como en los caminos nadie, sea más que nadie: todos iguales en derechos y también deberes, también en el acatamiento y cumplimiento de la ley; en el reparto de las cargas tributarias; en la distribución de los recursos públicos para equiparar la prestación de servicios al conjunto del españoles; o en la materialización de la solidaridad entre territorios.

E inspiración también para encontrar el necesario punto de equilibrio desde el que regular la emigración y también para finalizar con las mafias que se lucran con el tráfico ilegal de personas inocentes que simplemente buscan un futuro mejor para ellos y para sus familias, como hicimos por cierto los gallegos durante mucho tiempo, en un pasado no tan lejano.

Y tolerancia para superar la tentación de la turismofobia, especialmente en esta Compostela en la que, como recordó recientemente el señor arzobispo, «es la Catedral la que crea la ciudad». Puede y debe haber espacio para todos, por supuesto, siempre desde el respeto y la tolerancia.

Señor Santiago,

En un mundo asolado por mil y una convulsiones, por guerras devastadoras, por crecientes desastres climáticos, la intolerancia, la odicia, la indiferencia ante el sufrimiento de los más débiles, todo esto nos asola y por tanto invocamos tu protección para el conjunto de la humanidad de manera que me los sea quien de redescubrir y experimentar el amor, la justicia, la compasión y el perdón, característicos todos de los valores cristianos, y de cualquier sociedad que busque el bien común.

Pedimos inspiración y acierto para todos los gobernantes y para cuantas personas  se enfrentan  a la toma de decisiones que van a repercutir en la vida de los demás; también para el Papa, sucesor de Pedro y conciencia moral de la humanidad en un mundo necesitado de referentes.

En una España enfrascada en la polarización extrema, que precisa recuperar la credibilidad y la legitimidad de organizaciones e instituciones manchadas por prácticas impropias de personas decentes, urge una apuesta por recuperar la *ntegridad y el respeto a la ley como patrones de conducta y garantizas de un futuro mejor.

Para la Galicia de nuestros días hacemos votos, Apóstol Santiago, para seguir construyendo -con las aportaciones de todas y todos-  una  Comunidad abierta, plural, solidaria, que lo sea cada día más, alejada de cualquiera experimento que quiera poner en riesgo los avances logrados en este casi medio siglo de democracia y autonomía.

Una Galicia próspera, que sea fruto del esfuerzo compartido de todos: de los poder públicos, de las empresa privada, de las personas trabajadoras, de los autónomos, de los asalariados; una Galicia que respetando la casa común, la naturaleza privilegiada que nos fue legada, sea quien de sacar provecho de sus recursos naturales para mejorar la vida de la gente.

Una Galicia, en definitiva, de ‘buenos y generosos’, una Galicia mejor que la de ayer, pero con la seguridad de que nuevas oportunidades están por llegar que nos harán mejores.

Ultreia et  Suseia / Buen  Camino para todos!

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